El punto de venta físico se consolida como el principal espacio de decisión del consumidor. Más allá del precio y el surtido, la experiencia emerge como la gran palanca de valor del supermercado del siglo XXI.

Durante años, el debate sobre el futuro del comercio alimentario ha girado en torno a la digitalización y al auge del canal online. Sin embargo, los datos y la realidad cotidiana apuntan en una dirección clara: el supermercado físico no solo no pierde relevancia, sino que refuerza su papel como epicentro de la decisión de compra. Más del 60 % de las decisiones finales se toman en la tienda, y no por casualidad.

El motivo es sencillo y a la vez profundo. El punto de venta es el único canal capaz de activar simultáneamente los cinco sentidos, generar emociones, ofrecer interacción humana y resolver necesidades de forma inmediata. En un entorno de consumo cada vez más saturado de estímulos digitales, la experiencia física bien diseñada se convierte en un activo diferencial de primer orden.

Comprar es sentir, no solo elegir

Uno de los grandes cambios en la comprensión del comportamiento del consumidor proviene de la neurociencia. Frente a la visión tradicional del comprador racional, hoy sabemos que la mayoría de las decisiones de compra se toman de forma no consciente. Primero sentimos, después actuamos y finalmente justificamos la decisión de manera racional.

El cerebro humano busca ahorrar energía y, para ello, automatiza gran parte de las decisiones cotidianas. En el supermercado, esto se traduce en compras guiadas por hábitos, sensaciones, recuerdos y estímulos emocionales. Un entorno agradable, cómodo y coherente facilita la compra automática; un entorno caótico o incómodo la bloquea.

El precio sigue siendo un filtro relevante, pero ya no actúa en solitario. Cada vez más, el consumidor valora el contexto en el que compra: cómo se siente, cuánto esfuerzo le supone, si se siente atendido y si percibe coherencia entre lo que se le promete y lo que recibe.

De la tienda funcional al espacio experiencial

La transformación del supermercado no es un fenómeno reciente, sino el resultado de una evolución progresiva. Cuando los productos salieron del mostrador y el cliente pudo tocarlos, compararlos y recorrer libremente el espacio, el comercio dio un salto cualitativo. El entorno dejó de ser neutro para convertirse en un auténtico escenario de venta.

Desde entonces, múltiples estudios han demostrado que el ambiente de la tienda influye directamente en el comportamiento del cliente: el tiempo de permanencia, la exploración del surtido, el gasto medio y la intención de retorno. La experiencia de compra pasó así de ser un concepto implícito a convertirse en una variable estratégica.

Hoy, esta evolución se amplía con una visión omnicanal. La experiencia ya no empieza ni termina en la tienda. Se construye antes, durante y después de la visita, integrando reputación, comunicación digital, espacio físico y relación personal en un único recorrido coherente.

El customer journey como proceso continuo

El consumidor actual no vive la compra como una secuencia lineal, sino como una experiencia continua. Antes de entrar en el supermercado, ya ha formado una expectativa basada en opiniones de otros clientes, reputación de marca y presencia digital. Esa expectativa condiciona su predisposición emocional.

La llegada al establecimiento marca un momento clave. Fachada, acceso, señalización y entrada actúan como una zona de transición entre el exterior y el interior. No es un espacio para vender, sino para acoger, orientar y generar confianza. Un mal primer impacto puede lastrar toda la experiencia posterior. Durante el recorrido por la tienda se concentra el núcleo de la experiencia. El cliente busca soluciones, no solo productos. Quiere encontrar lo que necesita sin esfuerzo, recibir información clara y, cuando lo requiere, contar con ayuda profesional. En productos frescos, esta dimensión relacional cobra aún mayor importancia: conocimiento, recomendación y trato personal marcan la diferencia.

El momento del pago sigue siendo uno de los puntos más críticos. Las colas largas o los procesos lentos tienen un impacto desproporcionado en la percepción global del servicio. Por el contrario, la agilidad y la ayuda en este punto refuerzan el recuerdo positivo.

La experiencia no termina al cruzar la puerta de salida. La postcompra es el momento de consolidar la relación, cerrar expectativas y preparar el terreno para la siguiente visita. En este sentido, la coherencia entre lo prometido y lo entregado resulta determinante.

El espacio como lenguaje silencioso

El diseño del espacio es uno de los principales generadores de experiencia. Antes de interactuar con el personal o con el producto, el cliente ya ha recibido múltiples mensajes a través del entorno. Limpieza, orden y sensación de seguridad son condiciones básicas, pero no suficientes.

La atmósfera se construye activando los sentidos de forma equilibrada. La música influye en el ritmo de compra, los aromas generan recuerdo emocional, la iluminación dirige la atención, el tacto reduce la incertidumbre y el gusto permite descubrir sin riesgo. El objetivo no es saturar, sino crear un entorno que invite a explorar y permanecer.

Un supermercado bien diseñado vende sin necesidad de insistir. Facilita la circulación, reduce fricciones y convierte el acto de comprar en una experiencia cómoda y agradable.

El factor humano como ventaja competitiva

Si el espacio es el escenario, el servicio es el verdadero protagonista. El personal tiene la capacidad de elevar o arruinar la experiencia de compra. Incluso en entornos altamente automatizados, la dimensión humana sigue siendo insustituible.

El cliente valora especialmente la agilidad y el respeto por su tiempo. Pero, más allá de la rapidez, aprecia sentirse reconocido y ayudado. El rol del personal evoluciona desde la simple ejecución hacia funciones de facilitación, asesoramiento y especialización.

Las personas compran donde se sienten bien tratadas. Y, en muchos casos, están dispuestas a pagar un poco más a cambio de esa sensación de confianza y cercanía. En un mercado cada vez más homogéneo, el trato humano se convierte en un factor de diferenciación clave.

Comunicar, implicar y sorprender

La comunicación en el supermercado ya no se limita a precios y promociones. Informar también significa aportar valor: explicar el origen de los productos, ofrecer ideas de preparación, facilitar decisiones más saludables o responsables.

Además, el supermercado es un espacio de conversación. El cliente decide solo y acompañado, intercambia opiniones, consulta su móvil y contrasta información. Facilitar ese diálogo, escuchar y responder refuerza la experiencia.

La implicación y la sorpresa completan el círculo. Degustaciones, demostraciones, showcookings o acciones inesperadas generan recuerdos memorables. Una experiencia que sorprende se recuerda, se comparte y se recomienda.

Un espacio clave para la vida cotidiana

El supermercado del siglo XXI es mucho más que un lugar donde comprar alimentos. Es un espacio de relación social, de descubrimiento y, en muchos casos, uno de los pocos puntos de contacto humano cotidiano. Por ello, seguirá desempeñando un papel fundamental en la vida de las personas y en la estructura de las ciudades.

El futuro del comercio alimentario no pasa solo por competir en precio o tecnología, sino por diseñar experiencias de compra simples, ágiles y personalizadas, donde el cliente se sienta cómodo, atendido y valorado. Cuando eso ocurre, el resultado es claro: mayor satisfacción, mayor gasto y una relación más sólida y duradera.

Los supermercados del siglo XXI son mucho más que un lugar donde comprar alimentos, han pasado de ser lugares donde llenar barrigas a espacios que ayudan a vivir mejor: mejorar la salud y facilitar la vida de la gente a través de los alimentos.

Pedro Reig Catalá

Director COTO CONSULTING

 

Fuente: https://blog.economistas.es/futurosupermercado/

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